Mis días con National Geographic

Transcurrían las últimas jornadas de un noviembre veraniego, como casi todos los meses en Cuba; días llenos de luz que se mezclaban con los colores barrocos de La Habana y suponían todo un espectáculo para los ojos.
Días antes recibí la invitación de una amiga, Laura, quien en genuino acto de solidaridad me comentó sobre el Photo Camp que la mismísima National Geographic vendría a ofrecer a la capital de los cubanos; fue ella quien intercedió ante los organizadores para que un muchacho apasionado por la fotografía, que vivía a 700 kilómetros de distancia, tuviera la oportunidad de participar en aquel momento histórico. Gracias Laura, otra vez.
El prestigioso colegio de San Gerónimo fue la sede de tan esperado evento, ante su majestuosidad quedé impactado e imaginé por unos instantes que aquella parte de La Habana pertenecía a otro país, con sus paredes pulcras bañadas de cristales, sus escaleras de mármol pulido y sus pasillos luminosos, exentos de ruidos, que conducían a aulas muy bien acondicionadas, donde radicaba, además, la oficina de la Fototeca de Cuba.
Bastaron segundos para darme cuenta de lo que estaba viviendo, ante mis ojos se presentaban fotógrafos, editores e ingenieros de la reconocida revista estadounidense. Hablaban con palabras simples, mostraban sus trabajos y se emocionaban al compartir el itinerario de los días siguientes; les encantaba Cuba y disfrutaban que un grupo de jóvenes, sentados en aquella sala, fueran los verdaderos protagonistas de las historias que luego llevarían a la casa editora.
Aclaradas las dudas y los objetivos del taller, 18 muchachas y muchachos agarraron sus cámaras y salieron a fotografiar las calles de La Habana, que era como retratar a una anciana maltratada por los años, pero que conservaba la vitalidad y fuerza de una quinceañera.
Nos perdimos entre su gente, sonreímos, nos emocionamos y contrastamos la vida de una ciudad que crece y muere al mismo tiempo, nos introdujimos en sus barrios, en sus historias; cual viajeros que descubrían en cada paso un país diferente, donde habitaban todo tipo de personajes y donde se fundían los olores, las tonalidades y el bullicio de aquellos callejones.
El dedo en el disparador, el ojo en el visor y el corazón en cada toma, queriendo comprimir a Cuba en una foto, como si eso fuera posible en un país atiborrado de diversidad.
Llegó el día de la despedida, de compartir nuestras instantáneas, de mostrarlas a los habaneros, de contar con nuestras imágenes la cotidianidad de los cubanos; fue una noche hermosa frente a la fototeca nacional que culminó con los aplausos de los presentes y las lágrimas de aquellos jóvenes que, sin detenerse a pensar, habían cumplido un sueño.
Allí conocía a David Guttenfelder, fotógrafo excepcional; a Sadie Quarrier, Kirsten Elsner y Alex Moen, editores y redactores de la revista; y conocí también a Jon Brack, experto en cámaras y excelente persona.Allí hice nuevos y buenos amigos a quienes siempre recordaré. Allí aprendí que definir a Cuba es una terea compleja, que el talento necesita pulirse y que la fotografía es más que conceptos y técnicas, es sensibilidad, trabajo duro y pasión.

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